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24/03/2008

Cuando mueren las flores: Miquel Martí (Negrín), otro de los imprescindibles...

20080324001207-miquel230607.jpgMiquel Martí (Negrín). Un tipo excepcional; un amigo entrañable. ¿Por qué mueren tan jóvenes las personas buenas? Tal vez porque están cansadas de vivir en un mundo tan feo, que dice Manu Chao.
20 de marzo de 2008, 7,15 horas de la mañana y, mientras tecleo una demanda al tiempo que gambeo por las noticias de google, me pita un SMS, que, por la hora y el día (jueves santo hoy, fallas aún humeantes después de la cremà de anoche), anuncia algo grave. El texto: “... miguel martí ha fallecido...”.
Miquel ha muerto, como esperábamos desde hacía unos días los amigos. En los resúmenes del google de esa hora de la mañana, sin embargo, la vida mediática continúa y emborrona las páginas de los teletipos un criminal ex alcohólico y ágrafo, entrado en años y canas que, convicto y confeso y amo del mundo mundial, celebra la guerra de Irak como “noble y necesaria”, tras cinco años de sufrimiento y muerte de un millón de militares y civiles iraquíes y 4000 americanos… Entonces me viene a la cabeza aquello del Lichis que popularizó la María Jiménez: “... y el diario no hablaba de ti..., ni de mi...” El diario nunca habla de las personas anónimas; ni de las malas ni mucho menos de las buenas. Y Miquel era de los buenos, de los mejores, o de los imprescindibles, que diría Bertolt Brecht. De Miquel no hablarán los diarios, pero quedará en el recuerdo de los que le conocimos y tuvimos el placer y el privilegio de compartir algunos ratos con él. Era un tipo excepcional, y eso se dice muchas veces de los que mueren, pero esta vez no es un tópico. Miquel era diferente a lo que uno se encuentra por ahí. Un punto de difícil equilibrio entre inteligencia, bondad, sensibilidad y generosidad, un tío comprometido con sus amigos y con la vida. De esos que, por la voz, por los gestos, por la mirada, te mandan esas buenas vibraciones que te alegran el día, siquiera sea por momentos.
En el tanatorio el cerebro me negaba la imagen de Miquel allí, inmóvil, presente pero ausente, como en otro lugar, tal vez en un garbeo por Porto, allá por el puente de Doña María, parpadeando el asombro de un contraluz mágico reflejado en el Duero cuando se reune con el Atlántico, o de paseo por la playa de Bellreguard en un atardecer del abril que hermana hondo con los peces, como dice Silvio, y que este año a el no le llegó, o por algún arrabal de Melilla fascinado en la frontera de civilizaciones. Una sensación de impotencia, de angustia infinita, de náusea que sólo se escupe llorando la amargura que ahoga el pecho. Y sin embargo continuaba el surrealismo mágico; no era posible que Miquel estuviera allí, tan ausente, tan varado ya en el pasado; la retina decía que sí pero el cerebro decía que no y no había manera..
Al día siguiente, centenares de amigos y conocidos seguimos el cortejo fúnebre desde el tanatorio por la carretera y la calle Sant Josep hasta la plaza y la iglesia abarrotada por un gentío difícil de recordar en Bellreguard. Y la despedida fue en la plaza, como lo quiso él, con la Muixeranga rompiendo el silencio denso que amasaba el dolor punzante de todos -y nunca antes había visto llorar a tanta gente- los que le acompañábamos en el regreso a la terra dels valencians, que siempre fue suya, tal vez a las elevaciones de Benirrama, donde parece que el sol nunca se pone. Y, cuando enmudeció la Muixeranga, la emoción me trajo la imagen de aquel día lejano en los ya lejanos 70 en que jugaba yo con su hermano Paco a fabricar artilugios para perseguir gatos mientras Miquelet, un taperot entonces, deambulaba por la calle José Burguete ya con la semi-sonrisa circunspecta tan característica y suya con la que cruzaría todas las edades de la vida, porque allí por els vigons de la antigua serrería de Primi andaba Miquel con el delantal-uniforme de la escuela nacional de la época del Tody y la leche en polvo gestionada por Doña Ramoncita y repartida en fila india. Y ya por el setenta y tantos vino lo del Disc Fórum en el Centre Parroquial, donde Jaume Costa y yo poníamos a Dylan, Seeger, Paxton, Raimon y otros de la beat-folk y de la nova canço que acaso una vez existió, aunque ahora parezca que no. Y también me viene al recuerdo aquella divertida historia del viaje iniciático a la Font a visitar a aquel santero del Palmar que resultó tan corto en teología y tan pasado de fe, como con los años reí con Miquel y Merce en alguna ocasión. Y luego, ya en un suspiro todos mayores para llegar al mundo de los adultos a buscarnos la vida. Y más años y años, y, aunque luego el montó su empresa y yo asesoraba a su principal competencia, siempre supimos separar lo profesional, en lo que cada uno iba a lo suyo, de la amistad, la que nos llevaba a tomar alguna cerveza o café allá a las mil, siempre con la alegría de reencontrarme con el amigo de la sonrisa de la Gioconda y las buenas vibraciones.
Y desde entonces, mucho, mucho tiempo, hasta que hace unos meses me enteré de su enfermedad.. Pero..., eso no era posible: ¡Cómo iba a morirse Miquel a esa edad y tan lleno de vida! Si eso podía pasar, algo no funcionaba en esta puta historia... Pero la puta historia, para los agnósticos, va de simple biología, de la tiranía biótica más cruel y de impotencia; para los creyentes, la cosa va de resignación, más y más resignación ante la injusticia que permite que se mueran las flores...
¿Cómo ha podido morirse Miquel? Parece un sueño, algo que nunca debió suceder. Y, ciertamente, así es, porque las personas como Miquel no mueren, quedan ancladas en el recuerdo de los que las conocimos, de los que tuvimos el privilegio de coincidir con ellas en el tiempo, en esa fracción millonésima del tiempo global de la especie humana. Imposible saber donde está ahora Miquel, acaso en ninguna parte, o tal vez en alguna enésima dimensión cuántica del espacio-tiempo que hoy por hoy se nos escapa y de la que ni Punset ni los científicos más eminentes nos dan pistas inteligibles. En todo caso, pasan los días y Miquel sigue presente, enredado en la memoria emocional de quienes le conocimos y disfrutamos del tiempo de una persona tan excelente y extraordinaria, que comprendió la importancia de la amistad, el valor añadido de los momentos de xarreta con una buena cerveza en la mano y la mente deambulando por mil recuerdos y anécdotas divertidas.
Ja se que no ho has fet volent, però, quina putada ens has fet, amic, quina putada! Quina buidor amarga ens has deixat als amics! En tot cas, gràcies per haver-te conegut, ha estat un plaer infinit, com serà el teu record.
Adéu, Miquel, amic, on estigues...
24/03/2008 00:15 Autor: alucinejoni. Enlace permanente. Hay 9 comentarios.


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